“El capitalismo funcionaría mucho mejor si pudiese funcionar sin nosotros; lo único que le sobra para ser perfecto son los hombres” Santiago Alva Rico.
Alfredo César Dachary
Para
Noam Chomsky, no ha habido otro momento de estas características en la historia
de la humanidad, quien dijo que la
pandemia del coronavirus ha hecho de estos tiempos los más oscuros de los que
se tenga memoria. Chomsky explicó que el presente representa un
"punto de confluencia de distintas crisis muy graves", entre las que
se incluyen una amenaza de guerra
nuclear, cambio climático,
la pandemia del coronavirus,
una gran depresión económica y
una contraofensiva racista que
tiene como epicentro a Estados Unidos.
Los
profundos cambios que generó el capitalismo en la sociedad a todos los niveles,
crean al mismo tiempo cambios y consecuencias que se van entrelazando, siendo
unas las causas de otras, en este largo camino que hoy vivimos que es el
antropoceno, la primera era donde el cambio lo maneja el humano.
Por ello la globalización,
el cambio climático y la industria alimenticia determinan que cada vez sea más
difícil distinguir entre muerte natural y muerte inducida y es que el capitalismo
erosiona o suprime las diferencias entre cosas de comer, de usar y de mirar,
guerras, crímenes o epidemias.
De allí que el
desarrollo que ha transformado, expoliado y destruido gran parte de la
naturaleza, ya no “prístina”, para aumentar la producción de alimentos, está en
la base de la actual pandemia, ya que estamos hablando de una zoonosis, o sea,
la reducción de los espacios de la naturaleza que hace que animales y sus virus
se acerquen al hombre y de allí se dé un “salto”.
Para Bauman, los “consumidores fallidos” son los que pierden su futuro,
pese a trabajar mucho, a manos de las hipotecas abusivas, los intereses
moratorios y la opacidad en la información. Los que pierden su retiro, sus
seguros médicos y demás prestaciones sociales en la transformación que realiza
el Estado neo liberal para hacer del trabajo una mercancía cada vez de menor
costo.
Así nos introducimos
a una democracia sin ciudadanos, la cual es rehén del mercado, o sea, una
sociedad que se divide entre consumidores y consumidores fallidos, que es la
división más suave, ya que la otra que abarca a cerca de la mitad de la
población mundial se divide en pobres y sobrevivientes, aquellos que están
sujetos cada día a una especie de lotería en el cual diariamente se sortea su
destino entre la supervivencia y el final.
A través de los
consumidores fallidos, que debido a la ideología que se ha impuesto se sienten
culpables de perder su salario, su casa, pero a su vez el consumidor triunfante
es también un ciudadano fallido, ya que su existencia revela el fracaso del
concepto de “ciudadanía”.
Hoy ya no hablamos
de clases sociales, ya que nos medimos a nosotros mismos tomando como
referencia nuestro ideal de consumo y eso nos permite medir nuestra “capacidad”
de acceso a mercancías y de adquirir nuevas deudas que se transformarán en un
escalón de consumo y de medición social y, a la vez, un grillete económico que
nos estará asfixiando y recordando lo que en realidad somos.
La crisis ha aumentado
el número de “consumidores fallidos” y ha dejado al desnudo la crisis más
profunda del sistema institucional y los límites de las llamadas democracias de
mercado, ya que el gran impacto de la pandemia deriva de la pobreza reinante y
la falta de reservas existentes, que empuja al ciudadano a la calle, para
sobrevivir.
Por ello es que todas las grandes crisis históricas han producido siempre
una contracción de lo colectivo a lo individual, un retorno asustado al
interior de uno mismo, el individualismo profundo y competitivo y es que a la
sociedad post moderna le atraviesa un miedo a compartir con los otros.
En los 60´s, Pier
Paolo Pasolini denunciaba la disolución de todas las culturas populares de
resistencia como efecto de lo que él llamaba el “hedonismo de masas”, lo que
nunca había logrado el fascismo lo había conseguido sin violencia el coche y la
televisión, la sociedad del consumo y la alienación total.
Bernard Stiegler
define un nuevo fenómeno que es la proletarización del ocio que ha acelerado
este proceso de disolución de lazos para imponer lo que es un nuevo modelo, que
Alva Rico denominó como “el dominio de los solteros”, que son porque están
sueltos, sin compromiso y pueden estar efectivamente casados.
El soltero es la
unidad económica más funcional en un capitalismo financiarizado y de consumo,
ya que en un mundo de solteros que se relacionan por separado, uno a uno, con
mercancías sueltas, - mercancías a las que a veces llaman “coches” y a veces
“hijos”-, la posibilidad de construir alternativas democráticas colectivas queda
impedida de raíz, sin ningún ejercicio de represión o con muy poca represión.
Lo más paradójico es
que cuando estalló la crisis, y mucho más cuando se inició la pandemia del
coronavirus,descubrimos que lo que queda de éstos se ha refugiado en la
familia, como último sostén o defensa.
Pero el
individualismo es mucho más que los solteros, llega a lo profundo de la familia
y rompe la dicotomía histórica de lo público y lo privado, acompañando la tarea del mercado que ha subvertido el sueño
democrático liberal, y ha vuelto completamente opaco al Estado y completamente
transparentes los cuerpos y las almas.
En los Estados
totalitarios se controlan a los ciudadanos hasta en la alcoba, y esto nos parecía
un oprobio, pero luego vemos que, en las mal llamadas democracias de mercado
altamente tecnológicas, los ciudadanos y ciudadanas abren estos lugares íntimos
de manera voluntaria y entusiasta a las empresas y éstas a los Estados.
Lo que en un tipo de
Estado es control policial, en la “democracia” es control digital, y en ambas este
dato tiene un alto valor en el mercado, industria de los datos, y hoy la gente
no deja un solo lugar para intimidad ya que parecería una vergüenza no tener un
secreto más o menos escandaloso que contar.
La tecnología ha
penetrado en la sociedad y, como siempre, se va transformando en la base de una
nueva “civilización”, pero esta vez va más allá de incrementar la producción,
ahora se orienta en remplazar al humano, de allí la frase inicial: el
capitalismo funcionaría mucho mejor si pudiese funcionar sin nosotros; lo único
que le sobra para ser perfecto son los hombres.
Por ello es que el avance de las tecnologías,
especialmente de la inteligencia artificial no se limita a la automatización
del proceso de trabajo y las finanzas, sino que va más lejos, ya que parecen querer
eliminar los “errores” en las “decisiones”, lo cual eleva el control de éstos
sobre toda la sociedad.
El silencio está
lleno de palabras, incluido las que no queremos escuchar, como la llamada
“industria del entretenimiento”, pensada para evitar el silencio y el aburrimiento
y para proletarizar el ocio e impedir todos los procesos de individualización
que tienen que ver con la memoria personal, pero también con la diferencia
creativa.
Una sociedad en la
que está prohibido el aburrimiento, que es matriz de todos los inventos, madre
de todos los “vicios”, es una sociedad en peligro de muerte, y si se repara en
el hecho de que esos procedimientos materiales de fuga organizada del turismo a
las nuevas tecnologías erosionan al mismo tiempo la conciencia y el planeta.
Para el capitalismo,
como pensamiento hegemónico, se refiere
a la juventud de manera triunfal, ya que afirma que “ninguna generación ha vivido
mejor”, y tiene algo de razón, pero el costo es peor ya que “tampoco ninguna ha
tenido menos perspectivas de futuro”.
Los Estados que han
sido definidos por Estados Unidos como dictaduras siempre han tratado políticamente
a los ciudadanos, ordenado su vida a la vez que le dan el apoyo de un Estado
del bienestar y, por eso, se plantea que no son ciudadanos, más bien se los
considera como a “niños”.
Pero ocurre que, en
los otros Estados, los mal llamados democráticos también se los trata como a
niños, desde un punto de vista antropológico, para lograr imponer como estilo
de vida el capitalismo consumista. No hay amenazas, no hace falta, ya que los
soborna con mercancías baratas, con gadgets
tecnológicos y televisión basura; la diferencia hoy entre estos dos
modelos es que en el primero el Estado y la sociedad funciona de manera
eficiente, y en el segundo es lo opuesto, no por ineficacia sino por controlar
la caída cada vez más fuerte de la hegemonía.
El año 2011 fue un momento de reivindicación
global de la ciudadanía por parte de juventudes de diferentes países que vivían
situaciones políticas distintas, pero bajo un imaginario común; un momento de
reivindicación democrática de la ciudadanía revertido trágica y rápidamente.
La advertencia es
clara y posible de extrapolar a la actual post-pandemia, o sea, se deja a los
jóvenes acceder a “la mayoría de edad”, dándoles medios económicos y políticos
de participación en la vida pública o sus revueltas adquirirán formas cada vez con
más fuerza e identidad propia.
Pero
desde el 68´y los movimientos juveniles a hoy, éstos tienen mayor posibilidad
de incidir en los cambios, para no pasar a ser el cementerio de ilusiones
muertas. cesaralfredo552@gmail.com



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