Que la historia argentina haya ignorado siempre al “interior” del país, ya no es novedad, pero no es aceptable que hoy con lo que quedó escrito se siga venerando a personajes como Bustillo, que con sus sesudos análisis retrasó a Iguazú hasta casi sarcásticamente.
Por Hugo López. No es ninguna novedad que la llamada historia argentina, escrita por burguesitos aduladores del gobierno central, haya ignorado por completo zonas enteras de la verdadera nación, pero no es aceptable que hoy aquí se siga venerando a esos personajes, como los Bustillo, que con sus sesudos análisis retrasaron el inicio de todo posible progreso para Iguazú.
Los datos dejados afortunadamente por algunos que sí cuentan todo, son contundentes. Los albores del turismo como agenda de estado en Argentina datan de 1900, y empieza con mayor énfasis en 1934 con la ley 12.103 que crea la Dirección General de Parques Nacionales hasta 1943, que coincide no sólo con la conocida “década infame” sino con las decisiones del primer director de aquél organismo creado, Exequiel Bustillo, quien se propuso desde un principio dar mayor atención al Parque Nacional Nahuel Huapi para transformarlo en la anhelada “Suiza argentina”.
Algo que muy pocos mencionan es que el mismo Exequiel Bustillo fue el autor del proyecto de ley de Parques Nacionales, y mucho menos cuentan que el que presentó tal proyecto en la Cámara de Diputados fue su hermano José María Bustillo, y que más adelante otro hermano, Alejandro, un arquitecto que se dedicaba a los caprichos de la clase alta argentina, sería quien llevara adelante las obras que “proponía” Exequiel.
Y aunque esta “familiaridad” entre autores estrategas de leyes, promotores políticos, y ejecutores, es moneda corriente en los gobiernos del país, llama la atención cómo en alguna parte de la historia que llega a nuestras manos hubo también “protectores” de imágenes que lograron que estos personajes sean “bien” recordados y honrados inclusive.
Ese tal Exequiel Bustillo fue quien promovió, incentivó, y dirigió todos sus esfuerzos y su presupuesto hacia “el sur”. Así logró que el gobierno central construyera en poco tiempo el ferrocarril hasta Bariloche, construyó una estación, el hotel más moderno de toda América, el Llao Llao –primero de madera, que fue destruido en un incendio –y luego inmediatamente reconstruido con mampostería de excelentísima calidad; implementó una política hotelera que llevó a la construcción de otros hoteles; planificó y llevó adelante toda la urbanización del pueblo (agua, energía, cloacas, pavimentación); construyó el centro cívico y el hospital; llevó adelante el embellecimiento urbano; promovió y facilitó el desarrollo de empresas turísticas; puso guías intérpretes; promocionó el destino con postales, artículos en el diario Crítica, y en vastas publicidades radiales y televisivas que incentivaban el “turismo de elite” que él buscaba, tratando de “civilizar” la zona para hacerla parecida a las villas de las montañas del Tirol, para “competir” con el turismo europeo.
Y esto sería más que loable si no se hubiese diferenciado tan ampliamente con lo hecho por “el otro” Parque Nacional, al que condenó a pequeños presupuestos y una eterna espera con sus sesudos estudios, conclusiones, y previsiones sobre este lugar que le daba mucho calor.
Ese tal Bustillo fue el que concluyó que para las Cataratas la afluencia turística iba a ser tardía, y por eso limitó los presupuestos –y realmente fueron limitados en comparación con lo que hizo en Bariloche –para construir en Iguazú una intendencia, algunas casas para los empleados, una escuela, una usina eléctrica, un resguardo de aduana (sí, leyó bien, un res-guar-do), un pequeño aeródromo en plena selva, una remodelación del hotel que ya estaba en Cataratas, el enripiado del camino abierto a Cataratas (sí, en-ri-pia-do), y una planificación urbana, que no es necesario que se aclare que quedó como planificación nada más.
Esto que hizo acá en Iguazú, según ese tal Bustillo, “…llenó perfectamente las necesidades de un lugar que no contaba con otra comunicación que un barco por semana, y para colmo de muy poca capacidad…”
Por eso tal vez quiso halagar el lugar como más que un parque diciendo que es un “monumento natural”, para luego disparar su visión sobre este lugar en donde según sus palabras “el clima invita a irse y no a quedarse”.
Ese tal Bustillo, fue el que dijo de Iguazú, pensando que este “parque” no era responsabilidad suya sino del azar: “…veremos que suerte corre, aunque no soy optimista, mientras no se desarrollen las ciudades del litoral, carecerá de ese turismo popular que constituye el privilegio de Mar del Plata, Córdoba, y Bariloche, verdaderos centros de atracción nacional. El avión vencerá en algo su aislamiento; pero en todo caso llevará un turismo golondrina. Se llegará, se visitará lo que Groussac llama el fenómeno, y se regresará en el día. Una buena casa de té, o un restaurante, tal vez sean suficientes. Es doloroso decirlo, pero es la verdad”.
Esto no hace a ese tal Bustillo único responsable de lo que costó y cuesta el desarrollo turístico en Iguazú, y en Misiones, porque la inclinación sur fue, y sigue siendo, preferible desde los sillones centralistas de la nación. Tal vez por ello –y actualmente por el origen del mando más alto –los máximos esfuerzos siguen promocionando a la Argentina como nieve, montaña, y lagos, y nunca como selva, inmensa biodiversidad, cultura milenaria, centenarias estructuras, aguas grandes; y los presupuestos para este lugar que les da calor siguen siendo ínfimos. Pero un punto es ciertísimo: aquí en Iguazú y en la provincia, ese tal Bustillo no merece ni veneración ni homenajes, una mención tal vez sea suficiente. Es doloroso decirlo, Exequiel, pero es la verdad.
Los datos dejados afortunadamente por algunos que sí cuentan todo, son contundentes. Los albores del turismo como agenda de estado en Argentina datan de 1900, y empieza con mayor énfasis en 1934 con la ley 12.103 que crea la Dirección General de Parques Nacionales hasta 1943, que coincide no sólo con la conocida “década infame” sino con las decisiones del primer director de aquél organismo creado, Exequiel Bustillo, quien se propuso desde un principio dar mayor atención al Parque Nacional Nahuel Huapi para transformarlo en la anhelada “Suiza argentina”.
Algo que muy pocos mencionan es que el mismo Exequiel Bustillo fue el autor del proyecto de ley de Parques Nacionales, y mucho menos cuentan que el que presentó tal proyecto en la Cámara de Diputados fue su hermano José María Bustillo, y que más adelante otro hermano, Alejandro, un arquitecto que se dedicaba a los caprichos de la clase alta argentina, sería quien llevara adelante las obras que “proponía” Exequiel.
Y aunque esta “familiaridad” entre autores estrategas de leyes, promotores políticos, y ejecutores, es moneda corriente en los gobiernos del país, llama la atención cómo en alguna parte de la historia que llega a nuestras manos hubo también “protectores” de imágenes que lograron que estos personajes sean “bien” recordados y honrados inclusive.
Ese tal Exequiel Bustillo fue quien promovió, incentivó, y dirigió todos sus esfuerzos y su presupuesto hacia “el sur”. Así logró que el gobierno central construyera en poco tiempo el ferrocarril hasta Bariloche, construyó una estación, el hotel más moderno de toda América, el Llao Llao –primero de madera, que fue destruido en un incendio –y luego inmediatamente reconstruido con mampostería de excelentísima calidad; implementó una política hotelera que llevó a la construcción de otros hoteles; planificó y llevó adelante toda la urbanización del pueblo (agua, energía, cloacas, pavimentación); construyó el centro cívico y el hospital; llevó adelante el embellecimiento urbano; promovió y facilitó el desarrollo de empresas turísticas; puso guías intérpretes; promocionó el destino con postales, artículos en el diario Crítica, y en vastas publicidades radiales y televisivas que incentivaban el “turismo de elite” que él buscaba, tratando de “civilizar” la zona para hacerla parecida a las villas de las montañas del Tirol, para “competir” con el turismo europeo.
Y esto sería más que loable si no se hubiese diferenciado tan ampliamente con lo hecho por “el otro” Parque Nacional, al que condenó a pequeños presupuestos y una eterna espera con sus sesudos estudios, conclusiones, y previsiones sobre este lugar que le daba mucho calor.
Ese tal Bustillo fue el que concluyó que para las Cataratas la afluencia turística iba a ser tardía, y por eso limitó los presupuestos –y realmente fueron limitados en comparación con lo que hizo en Bariloche –para construir en Iguazú una intendencia, algunas casas para los empleados, una escuela, una usina eléctrica, un resguardo de aduana (sí, leyó bien, un res-guar-do), un pequeño aeródromo en plena selva, una remodelación del hotel que ya estaba en Cataratas, el enripiado del camino abierto a Cataratas (sí, en-ri-pia-do), y una planificación urbana, que no es necesario que se aclare que quedó como planificación nada más.
Esto que hizo acá en Iguazú, según ese tal Bustillo, “…llenó perfectamente las necesidades de un lugar que no contaba con otra comunicación que un barco por semana, y para colmo de muy poca capacidad…”
Por eso tal vez quiso halagar el lugar como más que un parque diciendo que es un “monumento natural”, para luego disparar su visión sobre este lugar en donde según sus palabras “el clima invita a irse y no a quedarse”.
Ese tal Bustillo, fue el que dijo de Iguazú, pensando que este “parque” no era responsabilidad suya sino del azar: “…veremos que suerte corre, aunque no soy optimista, mientras no se desarrollen las ciudades del litoral, carecerá de ese turismo popular que constituye el privilegio de Mar del Plata, Córdoba, y Bariloche, verdaderos centros de atracción nacional. El avión vencerá en algo su aislamiento; pero en todo caso llevará un turismo golondrina. Se llegará, se visitará lo que Groussac llama el fenómeno, y se regresará en el día. Una buena casa de té, o un restaurante, tal vez sean suficientes. Es doloroso decirlo, pero es la verdad”.
Esto no hace a ese tal Bustillo único responsable de lo que costó y cuesta el desarrollo turístico en Iguazú, y en Misiones, porque la inclinación sur fue, y sigue siendo, preferible desde los sillones centralistas de la nación. Tal vez por ello –y actualmente por el origen del mando más alto –los máximos esfuerzos siguen promocionando a la Argentina como nieve, montaña, y lagos, y nunca como selva, inmensa biodiversidad, cultura milenaria, centenarias estructuras, aguas grandes; y los presupuestos para este lugar que les da calor siguen siendo ínfimos. Pero un punto es ciertísimo: aquí en Iguazú y en la provincia, ese tal Bustillo no merece ni veneración ni homenajes, una mención tal vez sea suficiente. Es doloroso decirlo, Exequiel, pero es la verdad.
Fuentes consultadas
“De la política en turismo a la política turística”, Prof. Alejandro Capanegra, 2010Del Campo a la Ciudad, Regina Schluter 1971

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